Las clases de Preparación al DELE han sido “mi primera vez”: nunca antes había dado clase de español para extranjeros. Bueno, en realidad, nunca antes había dado clase, a secas. Algunas horas de repaso a los críos del pueblo, pero poca cosa más. Siempre he sabido que quería ser profesora por lo que estaba ya impaciente por empezar las prácticas del Máster. Impaciente sí, pero no tan ilusionada como podría haber estado. Quizá porque hasta el último momento no tenía muy claro dónde hacer las prácticas y por lo tanto a qué perfil de alumnos “me enfrentaría”. Resulta que los chinos eran mi última opción y terminaron siendo la primera, pero eso es otra historia.

El caso es que a una semana de empezar las prácticas nos explican cómo funcionaría todo. Será que no estoy al caso, pero creía que funcionaban como las del Máster de Profesorado, en el que las prácticas consisten en “sustituir” a un profesor durante unos días, pero la programación del curso ya está hecha y tú solo tienes que continuar por donde el profesor se había quedado. Qué sorpresa cuando nos dicen que tenemos que programar el curso entero, ¡que el curso es nuestro, vaya! Así que nada, manos a la obra, nos reunimos los cuatro profes en potencia para intentar programar el Curso de Preparación al DELE… pero no sacamos nada en claro. Por algún motivo no logramos organizar el curso, quizá porque no teníamos el manual del curso (el de Edelsa) en mano y sentíamos que dependíamos de él, quizá porque directamente, no sabíamos programar un curso, el caso es que no lo hicimos; acordamos una especie de plan de clase “maestro” para que por lo menos la estructura de las clases tuviera una continuidad, pero tampoco funcionó, porque cada pareja dio la clase a su manera.

Y así es como llegamos Lluna y yo a la primera sesión. Más perdidas que un pulpo en el desierto. Bueno, miento, el primer día sí sabíamos qué había que hacer: presentar los exámenes DELE, y presentarnos a nosotras mismas. En realidad la primera sesión fue un éxito. Lluna era un manojo de nervios, pero yo estaba muy tranquila. Habíamos estado casi toda esa semana (las clases eran el jueves por la tarde) preparando esa sesión (no porque la preparáramos al detalle, sino porque nos costaba ponernos de acuerdo y además, al tener que trabajar a distancia, íbamos más lentas). El caso es que yo ese día tenía examen en la Escuela de Idiomas y no estaba por nada más. Las prácticas no me preocupaban en absoluto, tenía una sensación extraña, como de que iba a dar esa clase porque era un mero trámite.

Cuando llegamos al aula las chicas (las alumnas) ya nos estaban esperando. El primer día vinieron Jordi y Antonio también, los primeros cinco minutos, para presentarse. Cuando se fueron, creo que tanto Lluna como yo tuvimos la sensación de “solas ante el peligro”, pero no puedo decir que fuera mala, era pura adrenalina. Lluna se fue a la otra clase un momento a pasar lista, y en ese breve lapso llegaron cuatro alumnas más. La clase ya estaba llena, no quedan sillas, ni sitio donde ponerlas. Así que nada, Judit sal de clase y vete a buscar sillas por el pasillo. Suerte que en el aula de al lado estaba Natàlia dando clase. Cogí cuatro sillas y regresé. Las alumnas se colocaron como pudieron, una de ellas se sentó en el pasillo, literalmente. En esa clase había overbooking. De ese primer día, si algo recuerdo, son 25 pares de ojos chinos mirándome fijamente. Muchos ojos en muy poco espacio, intimida.

Cuando regresó Lluna empezamos la clase propiamente dicha. Para romper el hielo una actividad en la que las alumnas tenían que adivinar información personal nuestra (la edad, las aficiones, etc.). Creo que yo expliqué el funcionamiento de la actividad y no debí hacerlo bien porque no me entendieron. Además, les pusimos los nombres en la pizarra pero no sabían quién era Lluna y quién Judit, fue un poco cómico. Enseguida la actividad empezó a funcionar y fue un éxito, las alumnas tenían mucha curiosidad por saber de nosotras. Después repetimos la actividad pero entre ellas y también funcionó. Les pasamos, además, unos cuestionarios a modo de análisis de necesidades, para saber cómo era el grupo. La segunda mitad de la clase fue explicarles los exámenes DELE y pasarles un vídeo de unas candidatas realizando la parte oral del examen. Cuando la clase acabó recuerdo que tanto Lluna como yo estábamos en shock. No sólo por lo bien que había funcionado todo sino porque… ¡eran mucho más habladoras de lo que esperábamos! Por todo lo que nos habían explicado del alumnado chino y nuestros propios prejuicios dábamos por hecho que tendríamos que arrancarles las palabras a la fuerza, ¡y resultó que lo difícil era hacerlas callar cuando se animaban!

De las otras tres sesiones no salimos tan exaltadas como de la primera, pero tampoco decepcionadas. En la segunda tuvimos alegrías, como por ejemplo que una de las actividades que habíamos diseñado para practicar la destreza oral no solo fue bien sino que les gustó mucho. Esa sesión no nos costó tanto de planificar como la primera, pero también tuvo su intríngulis. Luego resultó que nos sobraron actividades. Decidimos aprovechar algunas para la clase siguiente. De la tercera clase salimos menos contentas por varios motivos. Las actividades de comprensión oral que habíamos preparado (es decir, fotocopiado del manual) resultaron frustrantes para las alumnas, que no acertaban las respuestas. En esta ocasión tampoco cumplimos el plan de clase porque al principio de la sesión retomamos lo último de la anterior y yo me excedí y eso nos restó tiempo de lo que nos quedaba por hacer. Tuvimos que pasar por alto algunas de las actividades que más nos había costado preparar y que más atractivas pensábamos que eran para las alumnas. Decidimos conservarlas intactas para la clase siguiente. Sin embargo, eso tampoco nos convenció del todo porque implicó que en la siguiente sesión no pudimos cambiar de tema (la idea era que cada clase versara sobre un tema o tuviera un hilo conductor distinto, sobre todo para trabajar un abanico de vocabulario lo más amplio posible en tan poco tiempo). Cuando repites un tema, por muy motivador que sea, al final aburre. A parte de eso, por lo general la última sesión funcionó bien, aunque (otra vez) nos sobraron actividades o nos faltó tiempo. Nos despedimos de las alumnas, que por lo que dijeron quedaban contentas de nosotras, y nos quedamos con la sensación de que lo bueno siempre se termina. Nos hubiera gustado seguir.

De cómo fueron las cosas y cómo las hice yo no tengo poco que decir. Pero antes de empezar quiero comentar un detalle. Al hacer las prácticas en pareja me asalta la duda de cómo me habría ido si las hubiera hecho sola. Muchos de los comentarios que doy aquí los hago en plural porque la mayor parte del tiempo tuve la sensación de que Lluna y yo éramos una sola profesora con dos cuerpos. Nos complementamos mutuamente y además tenemos la capacidad (y esto lo descubrimos sobre todo en las prácticas) de comunicarnos sin palabras e incluso de saber qué piensa, qué va a decir, cómo se siente o qué quiere la otra incluso antes de que ella misma lo sepa. Creo que este es el principal motivo por el que tengo tan buenas sensaciones de las prácticas. Pienso que, de haberlas hecha sola, en muchos de los momentos en los que ella tomaba el relevo yo no hubiera sabido cómo seguir de no estar ella allí.

Dificultades las hubo, aunque no tantas como esperaba, ni tan grandes. Una de las que más he de destacar es mi incapacidad por entender lo que dicen los alumnos. No es la primera vez que me pasa, parece que tenga sordera selectiva. Con niños y con extranjeros, cuanto más me esfuerzo por comprender lo que dicen, menos lo logro. El problema radica en que con alumnos la situación puede acabar siendo muy violenta, porque se convierte en un círculo vicioso: el alumno que habla a media voz por miedo a equivocarse, yo que no le entiendo, el alumno que cree que habla mal y lo repite pero más inseguro, yo que todavía le entiendo menos… Se trata de algo que no sé muy bien cómo resolver; supongo que a base de práctica y de conocer y reconocer los distintos acentos y dejes de pronunciación que tienen los alumnos según su procedencia conseguiré que me pase menos a menudo. Otro elemento que no nos allanó el camino fue, paradójicamente, el manual. Al no tener el solucionario debíamos, en primer lugar, realizar los exámenes y actividades, y después ponernos de acuerdo en cuál era la respuesta correcta. Esto nos ocupaba un buen rato y nos agotaba la paciencia. En la última sesión tuvimos que pedirle el solucionario a una de las alumnas que se lo había comprado para no hacer el ridículo, porque ya un cuarto de la clase lo tenía. Para más inri, las explicaciones a las respuestas que daba el manual, en algún caso, no nos parecían ni adecuadas ni lógicas, y nos enfrentábamos a un dilema interno porque debíamos explicar las razones por las cuales esa respuesta era o no era correcta, cuando a nosotras nos parecía lo contrario, o bien no nos convencía del todo.

Si bien las sensaciones que me llevo de esta primera etapa docente son muy buenas, sé que no lo hicimos, ni lo hice, todo bien. Lo de que no nos cuadraran los planes de clase con el tiempo real de la sesión ningún día, desde luego, es un aspecto a mejorar. La organización de las fotocopias a repartir también fue algo que en más de una ocasión se nos fue de las manos (un día casi le damos, por error, la fotocopia de nuestro plan de clase a una de las alumnas). En los ratos en los que pensábamos cómo íbamos a dar la clase, sobre todo a mí me pasaba, teníamos el pensamiento difuso: veíamos las líneas generales y pensábamos “bah, esto ya está”. Luego nos dábamos cuenta de que había muchos detalles que perfilar, la idea general de lo que tenía que ser un ejercicio se tenía que concretar para poder llevarlo a cabo. Por mi parte, hay algunos aspectos que debo arreglar con urgencia. El principal es que me gusta demasiado hablar, y escucharme. Me he dado cuenta de que si no llega a estar Lluna en el aula hubiera hecho las clases casi totalmente magistrales. El no tener vergüenza ni pánico escénico se vuelve en mi contra al ponerme al frente de una clase en la que, de alguna manera, siento que estoy por encima de los que tengo delante. Imagino que en cuanto haya tenido un par de escarmientos se me bajaran los humos. Otro remordimiento que no me quito de la cabeza es el haber sido incapaz de aprenderme los nombres. Bueno, en realidad sí me los aprendí, pero como soy poco fisionomista no conseguí saber quién era quién, y eso era un inconveniente a la hora de dirigirme directamente a ellas. También tengo que mejorar en algo que sabía que iba a ser mi talón de Aquiles incluso antes de empezar las clases: cómo gestionar el aula y el nivel de atención de los alumnos. Por ejemplo, casi siempre era yo la que iniciaba las clases, pero en realidad no sabía muy bien cómo hacerlo así que simplemente decía “Hola, buenas tardes, chicas” y si no me hacían caso lo volvía a repetir más fuerte. Cuando estaban animadas charlando en español por una actividad oral tampoco sabía cómo hacerlas callar y mi recurso era, cómo no, alzar la voz, diciendo algo como “Valeee, muy bien, ya está, silencio…”. Funciona, pero no me gusta. Por último, me preocupa también el hecho de que en ocasiones pierdo el hilo de lo que estoy diciendo (sobre todo cuando llevo un rato hablando, porque me entra cansancio) o a veces no sé cómo explicar algo, no sé hacerme entender (a menudo porque yo tampoco lo tengo claro) y al percatarme me pongo nerviosa porque me siento bloqueada y no sé cómo salir. Estos días estaba Lluna a mi lado para rescatarme, pero cuando tenga que dar las clases sola sé que éstos van a ser mis peores momentos.

Por descontado hubo también momentos muy buenos y que son puntos a nuestro favor. Además, siempre se pueden ver las cosas por el lado positivo. Por ejemplo, no nos cuadraba nunca el plan de clase, vale, pero teníamos la capacidad de cambiarlo sobre la marcha y terminar bien. Per el aspecto positivo más destacable no tiene que ver directamente con la manera de dar las clases sino con nuestra relación con las alumnas. Tanto Lluna como yo tuvimos la sensación de haber “conectado” con ellas desde el primer minuto. Creo que se apiadaron de nosotras al vernos “novatas”. A mí, particularmente, me sorprendía mucho cuando algo de lo que yo decía les hacía gracia. Me sorprendía gratamente, claro. Soltaba alguna tontería (de esas que a mí sí me hacen gracia y cuando las suelto me río sola, algo tan simple como un juego de palabras) e inmediatamente la clase estallaba en risas. Era como una bofetada de adrenalina y realidad: ¡me estaban escuchando… y pillaban los chistes! No sé cuál de las dos cosas me hacía más ilusión. Tenemos incluso una anécdota que “nos llena de orgullo y satisfacción”. Cuando ya habíamos terminado las prácticas (o quizá nos quedaba una clase por dar), una tarde que estábamos en la terraza del bar tomando algo, una de nuestras alumnos se nos acercó y preguntó si interrumpía. Le dijimos que no, que tranquila, que qué pasaba. Y nos pidió ayuda para ella y unas compañeras, que tenían que estudiar unos poemas para un examen y no entendían nada. Como no teníamos nada que hacer aceptamos encantadas y terminamos las cinco debatiendo si ese poema significaba esto o aquello, como en los buenos tiempos de la carrera, ¡pero con nuestras alumnas chinas! En ese momento no le dimos mucha importancia al asunto, pero después nos dimos cuenta de que sí la tenía. Porque al fin y al cabo los chinos son tímidos y no se relacionan mucho con no-chinos si no llevan ya un tiempo aquí. En cambio estas chicas, sin apenas conocernos, tuvieron la confianza de pedirnos ayuda, sentarse con nosotras y charlar, más o menos distendidamente. O el examen les importaba mucho o nosotras les habíamos transmitido mucha confianza.

En conclusión, “mi primera vez” ha sido, pues como todas las primeras veces. No ha sido perfecta ni de lejos, pero no la olvidaré nunca y probablemente cuando la recuerde se me pinte una sonrisita involuntaria en el rostro, de esas que hacen que la persona que tienes al lado te diga “Oye, ¿en qué piensas?”, y tú respondes “Nada, me ha venido a la mente un buen recuerdo.”